El joven de 17 años que aparece entre las caras nuevas del circuito tiene una historia de vida entre dos naciones. Él no elige quedarse en la dualidad y no teme en reconocer a Australia como la nación que lleva en el corazón.

Nadie elige donde nacer, sí de donde ser. Están quienes aceptan su condición sin vueltas y no dudan en amar a la tierra en la que conocieron la luz. Por otra parte, están quienes no se identifican con el lugar en el que se criaron y deciden buscar la nación más indicada para ellos. Hay un grupo que se reconoce más en la cultura de su hogar y de sus padres que en la sociedad en que les toca vivir, y a partir de allí optan por una bandera diferente. Están quienes directamente se enamoran del país que los hace crecer. Y por último está Alex de Miñaur, la gran promesa del tenis australiano, que es una mezcla de todos los casos.

Alex no eligió nacer en Australia. Australia en un principio fue solo la puesta en escena, solo fue el lugar que dictó las circunstancias para que su padre uruguayo y su madre española coincidieran y se enamoraran. Una vez que unieron sus caminos en uno solo, lo continuaron lo más que pudieron sin abandonar del lugar donde congeniaron; que además tiene una gran tradición deportiva, pasando por el rugby, la natación, el tenis y el propio fútbol australiano.

Foto: Marca

Los recursos económicos de la pareja no le permitieron marcharse a tiempo para la llegada de su hijo Alex. El niño de sangre latina creció hablando español en su casa de Sídney hasta los cinco años, antes de mudarse a Alicante, España, la tierra de Esther, su madre. Sin embargo ya era tarde. El pequeño ya había creado un lazo indestructible con el territorio que lo vio nacer cuando apenas tenía tres años, momento en el que conoció al amor de su vida: la raqueta.

Exactamente al mismo tiempo, la última gran leyenda del tenis australiano tocaba el cielo. Lleyton Hewitt se había convertido en el número 1 más joven de toda la historia con tan solo 20 años. La fiebre que Hewitt desató en el país al conseguir semejante logro fue lo que impulsó a los padres de Axel a llevarlo a una humilde escuela de tenis. Ellos no imaginaban por aquel entonces que, tiempo después, el flamante héroe nacional sería el asesor de su hijo, que en ese momento estaba tomando sus primeras clases.

Ya desde aquella temprana edad, mostró condiciones. Su profesor se dio cuenta que no estaba preparado para entrenar a semejante talento y le recomendó a los padres de Alex que busquen a una persona con más experiencia que él. “Señoras, aquí tenemos al futuro campeón del Abierto de Australia”, gritó a viva voz el hombre, para que escuchen las madres de todos los niños presentes en la pista.

Ya residiendo en España, sus padres se encargaban de un lavadero de autos y el pequeño extranjero se destacaba entre los demás jóvenes. Pronto se convirtió en el número 1 sub-10 del país europeo. Sin embargo, una carrera tenística necesita de fuertes inversiones de dinero. Y la semejante proyección de Alex no fue suficiente para seducir a las federaciones españolas de tenis, que no quisieron solventar económicamente la carrera del niño como si solventaron otras.

Quizás la causa haya sido su estilo de juego. Alex no era un típico batallador del polvo de ladrillo. En realidad tenía un tenis muy agresivo desde el fondo de la cancha, con un gran manejo de la volea y una muy buena noción de cómo moverse en la red. Su estilo era más australiano que español. Era más parecido a Federer que a Nadal. Por algo Roger es su tenista preferido… Y por algo reconoce no ser admirador de Rafa.

“¿Nadal? Me encanta como persona, pero no me gusta su forma de jugar”

A Alex le gustaba vivir en España. Había hecho amigos y se sentía cómodo en su clima de trabajo. Tenía la doble nacionalidad y la opción de representar al país donde se transformó de niño en preadolescente. Pero allí, sin suficiente dinero, no podría hacer realidad su sueño de ser tenista profesional. En Australia había conocido el amor, había conocido el tenis… y a Australia tendría que volver. La tierra de los canguros lo llamaba, y él cruzó el planeta para volver con ellos.

De regreso en Sídney, Alex aprendió que hay que aprender. Se mudó para viajar. Estar en Australia no lo aislaba del mundo, y en su tierra natal le pagaban los gastos y los viajes para que el muchacho pueda medirse con jóvenes de todo el mundo. “Cada vez que salía fuera de Australia volvía siendo mejor jugador”, reconoce.

En Australia se formó definitivamente como tenista para comenzar su carrera como junior. Sus éxitos llegaron el año pasado, a los 16. Llegó a dos finales de Futures y a una de Challenger. Fue finalista en el césped de Wimbledon, una superficie que le sienta a la perfección, y ganó el Abierto de Australia en dobles.

Hoy da sus primeros pasos en el circuito ATP. ¿Dónde iba a ser? En Australia. Jugó su primer cuadro principal en Brisbane tras llegar de la qualy y obtuvo su primera victoria profesional (ante Benoit Paire) en el 250 de Sídney, la ciudad que le dio la bienvenida al mundo. “El hecho de haber logrado esto en Australia lo hace todavía más especial”, confesó De Miñaur, que no eligió donde nacer… pero sí eligió ser del mismo lugar en el que nació.

“Yo nací en Australia y soy australiano. Es un país con una gran historia en el tenis y a mí me encantaría ser parte de esa historia”. “Me gustaría ser número uno del mundo y ganar más Grand Slam que Federer”. Señoras y señores, en estas dos frases, se define Alex de Miñaur.

Foto destacada: Daily Telegraph