El título conseguido por Federer va más allá de lo ocurrido hoy. El suizo en realidad empezó a ganar este mismo partido de hoy, ante su máximo rival, hace cuatro años. Hoy disfruta de semejante logro.

La Arena Rod Laver estaba lista para incendiarse y palpitar uno de los choques más significativos de toda la historia del tenis ¡Hace cuánto tiempo no jugaban Federer y Nadal en una final de Grand Slam! Desde Roland Garros en 2011, que ganó Rafa. Casi seis años. Pero aunque suene raro e ilógico, este duelo Roger no solo lo jugó hoy, sino que lo venía jugando hace mucho tiempo: desde 2013, para ser exactos. Así es, Federer empezó a ganar el partido de hoy en 2013. Aunque esto amerite una explicación ahora mismo, no es momento de adelantarse aún.

Entre aquella final de 2011 y la de hoy pasó de todo, con los dos. Se alejaron de su nivel, del top cinco y de las canchas, producto de las lesiones que ambos sufrieron. Pero como viejos conocidos que el destino los juntó, las dos leyendas más grandes de este deporte volvieron a definir un torneo grande. ¿El lugar del reencuentro? Australia, donde los canguros saltan, los koalas duermen, el calor agobia y el tenis brilla durante dos semanas en cada enero. Justo a comienzo del año, después de que en 2016 nunca se vieran las caras entre sí, a excepción de la inauguración de una academia de Rafa, en la que el suizo acompañó al español, intercambiaron chistes, sonrisas y quisieron arreglar un partido de exhibición para recordar viejos tiempos… sin si quiera imaginar lo que les esperaría a ambos meses después.

Australia, tan grande para ser una isla, tan chica para ser un continente. Esta tierra de exótica geografía fue el escenario donde se reeditó la rivalidad más grande de la historia del tenis, entre los dos mejores jugadores que hubo en este deporte; coincidiendo en una misma época, compitiendo entre sí con estilos bien opuestos, disputándose la gloria en cada partido, alimentándose el uno al otro mediante la exigencia, mejorándose mutuamente. Y lo mágico de esta dualidad es que el menos laureado de los dos, Rafa Nadal, es quien siempre dominó al otro en la pista, en el mano a mano, en los duelos personales; hasta el punto de frustrarlo, de meterse en su cabeza y de morderle el corazón.

No es novedad que el juego del español parece estar especialmente diseñado para anular a Roger Federer. Cinco años más joven que el suizo, apareció en el circuito para arruinarle la fiesta en casi cada oportunidad en que se lo cruzaba. Es que el golpe más cómodo de Nadal es el que va justo en dirección al punto débil de Federer. El potente drive de zurdo cruzado de Rafa, cargadísimo de top spin que se eleva a grandes alturas, es un arma letal para el revés a una mano de Roger, majestuoso por momentos pero irregular por otros. Con ese tiro, Nadal siempre sacó de la zona de confort a Federer y a partir de allí trazaba una estrategia perfecta que al suizo le era imposible contrarrestar…

Hasta ahora.

Hoy Nadal buscó en las telarañas de su repertorio para sacar el guión de cómo jugar contra Federer, aquel que nunca le falló, el mismo que le otorgó 23 triunfos sobre el suizo. 23 enormes alegrías. Y lo utilizó desde el primer game del partido con su servicio hasta el match point. Pero ese guión que conoce de memoria le servía contra el viejo Roger, el que estuvo 300 semanas en el N°1 del mundo, no contra el Roger de hoy. Aunque no parezca, el suizo se transformó en otro jugador; y todo se lo debe agradecer al deterioro de su físico a lo largo de los años. Así de descabellado suena, pero es la causa de la victoria de hoy sobre Nadal.

En el primer set, el español salió a tratar de hacer lo de siempre, jugar cruzado con su drive al revés de Federer. Pero se topó con la primera sorpresa, un obstáculo nuevo que antes no tenía: el suizo se las ingeniaba para impactar todas las pelotas a la altura de su cintura, donde se siente seguro. ¿Cómo podía suceder esto, si la derecha de Rafa tiene la característica de elevarse hasta los hombros de su rival? Primero, debido a la superficie super rápida, que ya había causado polémicas con Verdasco y Djokovic. Segundo, Federer había cambiado mucho desde aquellas épicas finales que siempre caían del lado del español.

Pero… ¿en qué cambió Roger desde entonces?

Debido a que el pasar de los años le quitó tanto velocidad de piernas como resistencia al desgaste, el suizo se vio obligado a armar un patrón de juego diferente al que tenía en su plenitud, uno que le impidiera jugar puntos largos, para de esa manera no agotarse ni dar ventajas. Lo que hizo fue tomar una falencia, nueva para él, y potenciarla para transformarla en una virtud. Esto es la esencia misma de la teoría de la evolución, adaptarse al medio para sobrevivir. Este proceso comenzó en 2013, y acá es donde arranca el camino que hoy lo llevó a conquistar su 18vo Grand Slam.

A finales de 2012 Roger perdió el N°1 del mundo en manos de Novak Djokovic, para nunca más recuperarlo. El 2013 fue un año duro para él, se encontró con un bajón físico lógico al hecho de ir cumpliendo años, y no podía seguir jugando como lo hacía en antaño. En consecuencia vinieron las derrotas, y posteriormente un bajón anímico, y después un bajón en todos los aspectos. Todo esto lo hizo descender del puesto 2 al puesto 8 en menos de un año. Roger estaba en crisis, y, como quien toca fondo al tirarse a una pileta, se impulsó con todo para salir a flote.

Esa mala temporada fue necesaria para querer cambiar de aires y en 2014 volvió a ser competitivo al nivel de antes, de la mano de Stefan Edberg como entrenador, que si bien solo estuvo un año con él, le dio el empujoncito inicial. Federer modificó su esquema de juego en búsqueda de puntos cortos. ¿Qué hizo? Empezó a subir mucho más a la red de lo que solía hacerlo, y, como siempre tuvo mano y talento para volear, los buenos resultados llegaron pronto. Su rendimiento volvió a crecer.

En 2015 tocó un punto muy alto. Haberse acostumbrado a cerrar los puntos dentro del cuadrado de saque trajeron como consecuencia que empiece a avanzar más metros en la cancha para plantarse en la línea de fondo y meterse lo más que pudiera en la pista a cada centímetro que le dejara el rival. Por ende, se desgastaba menos, empezó a jugar todo el tiempo de sobrepique, ganó solidez y precisión con su derecha, también con su revés, asfixiaba a sus oponentes en la red a la mínima oportunidad en incluso llegó al punto de recibir los segundos servicios de sobrepique. Una locura que solo él hizo posible.

Ya era otro Federer, muy parecido al que se vio hoy. Si bien en ese año fue frenado en dos finales de Grand Slam por la mejor versión del Djokovic que era invencible, ya el cambio era notorio. Y si bien el 2016 lo tuvo lejos de grandes actuaciones debido a sus lesiones, este 2017 volvió con la cabeza fresca y el cuerpo rejuvenecido. Si a su nuevo estilo de juego le sumaba estos dos factores, sería muy difícil de batir, incluso por su bestia negra, el fantasma de Nadal.

Así fue que pasaron los años hasta que hoy Rafa se encontró con un Roger diferente, al que no pudo doblegar como solía hacer. Cuando el español usó su drive cruzado que busca elevarse, Federer tomaba la pelota con su revés mientras la bola subía, a la altura de su cintura, y la devolvía con más fuerza de la que traía, en las direcciones que el suizo creía que era conveniente utilizar. Ahí radica la primera sorpresa de para Nadal, que ya no podía trazar su plan de juego que siempre lo salvaba.

Segunda sorpresa: si lo hacía golpear la derecha a la carrera, el helvético respondía de sobrepique. Y esto le impedía al español tener tiempo para acomodarse y para armar su drive. Su única alternativa era retrasarse en la cancha, pero eso implicaba ponerse a defender y ceder la iniciativa, algo que tampoco le convenía. Y de esa forma quedó encerrado en un círculo vicioso del que solo pudo escapar por momentos gracias a su capacidad de supervivencia y a su perseverancia tan batalladora.

De esa manera, ante la versión renovada de Roger a los 35, la clásica estrategia de Nadal para jugar contra él se volvió completamente inútil. Había perdido algo muy importante respecto a todos los enfrentamientos anteriores: el control. Ahora todo dependía de lo que hiciera Federer, de qué tan fino estuviera el suizo con la precisión de sus tiros tan veloces. Y el partido siempre dependió de Su Majestad.

El primer set lo ganó 6-4 porque anduvo derecho y no desaprovechó el break point que tuvo. En el segundo parcial, Roger tuvo más errores no forzados que tiros ganadores y solo pudo quebrar el saque del español una vez a pesar de tener más chances en otro game. En cambio Rafa no dejó escapar al suizo las dos veces que lo comprometió y ganó la manga por 6-3. En el tercer capítulo se vio lo mejor de Federer, que desplegó magia a lo largo de todo ese set y se lo llevó con un amplio 6-1.

Apenas habían pasado dos horas, lo que demuestra la rapidez del partido impuesta por Roger. Todo se jugaba a un ritmo acelerado, el que le convenía a él. En el cuarto set Nadal recurrió a retrasar su posición en la cancha para ganar tiempo y poder generar los tiros que a él le gustan. Allí fue que, gracias a su enorme capacidad resolutiva y su impecable lectura del juego, encontró la salida del laberinto en el que Roger lo había encerrado. El suizo no supo detenerlo a tiempo y el español se llevó el parcial por 6-3.

En el quinto se encontraron las dos mejores versiones de ambos en todo el partido. Federer cedió el primer game en el que, raramente, jugó con poca velocidad en sus ejecuciones, lo que Nadal aprovechó para dictar el dominio con puntos largos que lo beneficiaron. Al estar el español quiebre arriba, Roger se salvó de encontrarse con la cara más peligrosa de Rafa, que es cuando juega desde abajo en el marcador. El suizo presionó tanto a Nadal que tuvo break points en todos los games de la manga definitiva. Y Rafa mantuvo su servicio dos veces gracias al coraje que sacaba de su alma en los puntos importantes, pero a la larga no pudo aguantar semejante presión de Federer, que pasó del 1-3 al 6-3. Finalmente el suizo solucionó el último gran problema que siempre había tenido ante su gran rival: la parte mental, la determinación, la insistencia, la perseverancia y el hecho de no rendirse ante la adversidad.

La victoria de Federer hoy puede entenderse a partir del transcurrir del último tiempo, del aprendizaje y de la filosofía de recorrer el camino sin pensar en la meta, porque justamente la meta fue, es y será el propio camino recorrido.

Porque el nuevo Roger, el de 2017 a los 35 años, es otro Roger. Es diferente al anterior. Y este Roger le encontró la vuelta a Rafael Nadal.

Fotos: @AusOpen