Te explicamos por qué el jugador más grande de la historia sobre polvo de ladrillo no necesita pensar para jugar y lograr la hazaña de portar 10 Roland Garros bajo el brazo. Así es Rafael Nadal…

Los humanos pertenecen al reino animal, pero su cerebro más desarrollado y su capacidad cognitiva los diferencia del resto. La inteligencia, los pensamientos, la consciencia y la mente como lugar oculto, son los elementos culpables de que el homo sapiens haya pasado siglos de evolución edificando sobre el planeta para separarse del resto de las especies, para abandonar la tierra y crecer sobre el cemento. Y aquí es donde entra el tenis; porque, en su variedad de superficies, es un reflejo de la segmentación artificial entre humanos y animales: la tierra para unos y el cemento para otros.

Sin embargo así como el cerebro marca la diferencia a favor de las personas, también es un arma de doble filo, que puede marcar la diferencia en contra. Con sus virtudes también vienen los defectos: la ansiedad, la frustración, la inseguridad, el miedo al éxito, la nociva autoexigencia y las emociones que bloquean el rendimiento físico y pueden llevar al autosabotaje. Y a pesar de que la cultura mienta al decir que las emociones son obra del corazón, la ciencia afirma que son una creación del cerebro.

Y aquí entra Rafael Nadal, que es mitad humano y mitad animal. O mejor dicho, mitad humano y mitad fiera.

Nadal aprieta el puñoLa mayoría del tiempo Nadal es una persona como cualquier otra, que ríe, que llora, que se emociona… que entrena, que trabaja, que se pone objetivos, que se exige, que se evalúa, que le busca la vuelta, que se supera a sí mismo, que tiene empatía con los demás, que tiene memoria y humildad, que se conoce a sí mismo, que entiende el juego como pocos y el polvo de ladrillo como nadie.

Pero cuando entra a la cancha de tenis se transforma, sobre todo si se trata de la final de Roland Garros. Cambia el chip. Su parte humana se desconecta al rebelarse su otra mitad y apoderarse de su ser. Le quita vitalidad a su semblante para transferirla a su cuerpo, el brillo se apaga en sus ojos, entra en piloto automático y ejecuta a la perfección todo lo que su parte humana le enseñó en los entrenamientos y en el diseño de estrategias, pero lo hace sin sentir algo ajeno que no sea adrenalina… y algo más complicado: sin pensar.

Hoy, una vez más, se olvidó de todo, apagó su cerebro, ¿para qué lo necesitaba?

Sin cerebro no recuerda que está a un paso de ganar Roland Garros por décima vez y ser dueño de una cifra única, redonda e histórica, ni siquiera cuando se lo gritan desde la tribuna. Sin cerebro mantiene la mente en blanco durante los minutos traicioneros en los cambios de lado. Sin cerebro se aísla del entorno. Sin cerebro no siente el miedo al éxito tan común en el resto de los tenistas que no pueden dominar su propia cabeza. Sin cerebro no le tiembla el pulso a medida que el Nadal pegando de drivepartido se va acercando al cierre. Sin cerebro juega con demoledora inconsciencia. Sin cerebro no sabe cómo va el marcador. Sin cerebro juega punto por punto, golpe por golpe. Sin cerebro su cuerpo se mantiene caliente y su sangre fría.

Sin cerebro las piernas no flaquean y los brazos no se atan. La derecha le corre, suena fuertísimo, el top spin se hace incontrolable, el revés es letal, veloz; sus piernas son más rápidas que su vista y que la mente de su rival, siempre se posicionan, siempre tienen tiempo, y más sobre polvo de ladrillo. Sin cerebro se maneja con instinto, no hay lugar para la duda, y en consecuencia resuelve, resuelve, resuelve. Wawrinka ataca pero él reacciona, resuelve, contraataca, resuelve y vuelve a atacar. Sin cerebro no conoce lo que es la piedad por su adversario.

Sin cerebro es imposible equivocarse, porque todo cerebro comete errores en la toma de decisiones, tanto de efectos como de direcciones. Sin cerebro él es perfecto. Así como Federer es la perfección suiza, Nadal es la perfección española.

Esta vez Rafa se enfrentaba a alguien como él

La batalla final de Roland Garros 2017 fue entre dos bestias del reino animal. Stan Wawrinka también es mitad humano y mitad fiera, por algo lo llaman Stanimal. Cuando arranca la semana es un tenista con la mentalidad de cualquier otro, que se frustra y que se alegra según el andar del partido. Pero cuando es el fin de semana y llega la final, al igual que Nadal, es capaz de apagar su cerebro, pegarle a la pelota sin culpa, jugar cada punto como si fuera el último y ganarle a cualquiera.

Hoy la lucha estaba en ver quién podía encender el cerebro del otro y despertar la parte humana del contrario. Y en la Philippe Chatrier, el territorio de las bestias donde estas se enfrentaban entre sí, prevaleció el rey de la selva de Paris. En el cemento de los humanos, la fiera puede ser domada por unos pocos elegidos. Pero cuando esta se suelta en su hábitat natural, la tierra, no puede ser contenida. “La fiera anda suelta” es de las pocas frases hechas dignas de ser repetidas una y otra vez.

Con una estrategia claramente premeditada pero llevada a cabo sin sentimientos ni pensamientos repentinos, Nadal movió por todos lados a Wawrinka desde el primer punto hasta el último, no lo dejó impactar en posiciones cómodas, retrocedió y se adelantó con un criterio y una facilidad descomunales, jugó sobrepiques excelentes, mantuvo una profundidad agobiante y aprovechó las oportunidades que tuvo para tomar distancias numéricas.

El marcador se alejaba y la mitad humana, débil, de Wawrinka gritaba por salir a flote y apoderarse del cuerpo que estaba en manos de Stanimal. Y finalmente ocurrió. El suizo se desesperó a pesar de haber arrancado con un buen nivel, perdió la línea rápidamente, empezó a tirar de más, a fallar, y rompió una raqueta en el cierre del segundo set. Sus emociones lo controlaron. La frustración le invadió las venas, y volvió a ser el Wawrinka que se ve de lunes a viernes. El 6-2, 6-3 y 6-1 no miente.

El partido termina. El umpire pronuncia las palabras mágicas que encienden el cerebro de Nadal: “game, set and match”… aunque esta vez estaban seguidas también de un “championship“. Su parte humana  vuelve a tomar el control y ahora sabe dónde está, sabe lo que consiguió y sus emociones le conquistan el alma. Se tira al piso y llora. Muerde el trofeo con alegría, se acuerda de los suyos y consuela a su enemigo derrotado. La fiera ya había hecho estragos y una vez finiquitada su labor se ocultó nuevamente, hasta el próximo torneo.

Nadal levanta el décimo Roland GarrosFotos: @rolandgarros