Roger Federer derrotó en un partido histórico a Rafael Nadal en cinco sets, reeditando la rivalidad más grande de todos los tiempos y alcanzando su 18vo título de Grand Slam.

Hoy se escribió un capítulo más en la historia de Roger Federer. Se escribió un capítulo más en la historia de Rafael Nadal. Se escribió un capítulo más en la historia la mejor rivalidad de todos los tiempos, que agrandó todavía más la dicotomía existente. Se escribió un capítulo más en la historia del tenis entero…

¡Miento!

El de hoy no fue un capítulo más. Fue uno de los más asombrosos, de los más relevantes, y, quizás, el más significativo de todos los que hubo en este deporte. Quizás… porque afirmar que fue definitivamente el más significativo puede implicar un juicio apresurado a pocos momentos de acontecido el hecho, cuando apenas acaba de ganar Federer, y sin tener en cuenta ni revisar todo lo que ocurrió en los más de cien años de historia.

Porque fue el 18vo título de Grand Slam del jugador más exitoso de todos. Porque fue a sus 35 años, cuando ya nadie creía que fuera posible que volviera a conseguir un título de esta envergadura. Porque venía de un extenso parate producto de una lesión y recién aparecía otra vez en las canchas.

Porque en la final le tocaba enfrentar a su bestia negra: aquel que lo frustró como nadie en toda su vida, que lo hizo sucumbir una y otra vez sin piedad alguna, aquel que tiene un juego diseñado especialmente para derrotarlo. Porque este némesis, Nadal, también es una gran leyenda, apenas un paso por detrás de Federer, que como todo gran héroe también tiene su oposición, ¡y qué oposición! Porque nadie esperaba demasiado tampoco de Nadal, que resurgió al mismo tiempo. Porque el suizo encontró el antídoto para superar de una vez por todas al español.

Porque el partido fue parejo, dramático, intenso, cerrado hasta el final, con incertidumbre de quién ganaría, y con un alto nivel que dejó al mundo boquiabierto.

Y porque son la mejor rivalidad de todas, y pudo haber sido su último choque en una final de esta importancia. Fue el partido más representativo entre ambos, y es el lado opuesto de la moneda de la final de Wimbledon 2008. Lo que tuvo esta, que no tuvo aquella, fueron todos los condimentos generados en la previa y que brillan ahora, en el post, y de lo que significa la vigencia de ambos como leyendas. El desenlace estuvo a la altura de las circunstancias, de lo que se esperaba, fue simplemente de película.

Por todos estos motivos. Tanto por el transcurrir del encuentro como por la relevancia del mismo; es casi una certeza que fue el mejor capítulo de la historia de este deporte tan grande, tan mágico, tan particular, tan único.

¡Qué viva el tenis! ¡Qué viva Roger Federer! ¡Que viva Rafael Nadal! Simplemente, gracias.

Imagen destacada: @AustralianOpen