Hoy a las 5.30 am, hora argentina, es la final del Abierto de Australia que enfrenta a Roger Federer y a Rafael Nadal, la máxima rivalidad del tenis. Hoy se escribe un nuevo capítulo en la historia de este deporte.

¿Quién se podía imaginar que Federer y Nadal volverían a protagonizar una final de Grand Slam? Un loco. Un delirante. Después de todo lo que pasó con los dos…

Después de que Rafa haya estado dos años y medio buscándose a sí mismo, buscando aquella confianza que se había ido destruyendo con el correr del tiempo, con la merma de su rendimiento físico… buscando el tenis que andaba por ahí, perdido porque sí… Después de que Roger haya pasado tanto tiempo lesionado e inactivo, tan poco común en él durante su juventud. Después de ver a los demás emerger mientras él cumplía años, mientras sus hijos crecían… mientras las piernas le decían a gritos que cada vez podían menos. Después de que Novak Djokovic se haya apropiado del circuito y ejercido una prolongada dictadura, solo desafiada por Andy Murray hace pocos meses…

No lo imaginaban ni ellos mismos, que hace un mes estuvieron juntos en la inauguración de una escuela del español y planearon hacer una exhibición juntos, para recordar viejos tiempos.

Solo un loco y un delirante podían imaginarlo. Y eso es justamente lo que hace falta en el mundo. Alguien a quien se le ocurran historias que desafíen al aburrido curso que suele tomar la realidad, a veces tan rutinaria y tan poco creativa que desmotiva a todo aquel rebelde que se atreve a soñar un poco. Y, más que eso, hacía falta la materialización, que se diera, y que se diera en el momento más inesperado, que sea una sorpresa, que venga de la nada y tire la puerta abajo, como quien sin permiso se mete en una conversación, como quien roba un beso sin preguntar. Hacía falta ahora, en el primer Grand Slam de 2017, cuando todo el mundo los daba por muertos, justo después de que ninguno de los dos entrara al Másters de Londres a fines del año pasado, justo cuando los dos retornan con la cabeza renovada y el cuerpo rejuvenecido.

¡Felicitaciones a todos los locos y delirantes del mundo! A quienes se les cruzó la idea por la cabeza, con un pequeño halo de esperanza. Deben ser muy pocos. Felicidades al loco y delirante escritor que está detrás de esta hazaña que tuvo lugar en Australia. Porque es como si alguien más allá de toda lógica esté decidiendo con su pluma, a plena voluntad e inocente diversión, el porvenir de los eventos.

Ya sea obra de un loco autor, deidad o no, sea obra del destino caprichoso pero flexible, del efecto mariposa o de la simple casualidad: bendito sea el Abierto de Australia 2017. Bendita sea la heroica victoria de Denis Istomin sobre Djokovic, amo y señor de Melbourne. Bendita sea la sorpresa que Mischa Zverev le regaló a Murray, flamante número 1 del mundo. Bendito sea el azar, que impidió que el sorteo meta a las dos leyendas en el mismo lado del cuadro y los enfrente en tercera ronda. Benditos, benditos sean.

Sin embargo, hay que meter un freno a tanta bendición causada solo por el afán de bendecir. Es injusto darle la totalidad del mérito a estos factores externos, como el destino ya escrito, las deidades y las casualidades. Ellos llegaron hasta acá por su enorme performance en cada partido del torneo. Federer aplastó a Tomas Berdych y salió victorioso en dos batallas épicas ante jugadores de la talla de Kei Nishikori y de Stan Wawrinka. Nadal superó con claridad a Gäel Monfils y a Milos Raonic, y tuvo la categoría para derribar obstáculos complicadísimos como fueron Alexander Zverev y, principalmente, Grigor Dimitrov, que estuvo a punto de ganarle.

Entonces, así como benditas son las eliminaciones de Djokovic y Murray, como bendito es el destino y bendito es el azar; benditos también son Roger Federer y Rafael Nadal.

Foto: EFE

No jugaban partido alguno desde la final de Basilea 2015, que ganó Roger. No jugaban en un Grand Slam desde la semi de Australia 2014, que ganó Rafa. No definían un torneo de esta envergadura desde Roland Garros 2011, que también ganó Rafa. De las 34 veces que se enfrentaron, en los últimos cinco años solo se cruzaron en 7 oportunidades. Pero esta madrugada va a ser como retroceder diez años en el tiempo, como cuando jugaban todas las finales y era común verlos batallar. Pero ahora uno con 30 años y el otro con 35… ya no son los mismos.

Como dice Andrés Calamaro en una canción que cabe justo para la ocasión: “Si diez años después, te vuelvo a encontrar en algún lugar, no te olvides que soy distinto de ayer pero casi igual”. Y tiene razón. Federer se convirtió en un jugador más ofensivo, si es que se podía serlo. Ahora su físico le pide acortar más los puntos y por ende arriesgar mucho más con los tiros, mejorar notablemente la precisión y subir a volear en la red de manera constante. Nadal también fue en la misma línea, aunque a su estilo. Ya no puede plantear el juego físico que tanto éxito le dio y ahora es un jugador que busca tener la iniciativa todo el tiempo.

En consecuencia, es posible afirmar que hay un ingrediente más que hace aun más entretenida esta final por sobre todas las anteriores: la incertidumbre. Hay un 50 por ciento de posibilidades para cada uno. No es como hace diez años que Nadal tenía el antídoto para anular el poderoso juego de Federer, el que le hizo dominar el historial entre ambos 23 a 11. No será tan simple el partido para el español como jugarle pesado y alto al revés del suizo con su potente drive cargadísimo de top, para incomodarlo, generar espacios, provocar tiros cortos y tomar el control de los puntos.

Foto: AFP

El duelo va a pasar más por lo psicológico que por lo tenístico, que por los golpes, que por la estrategia. Va a pasar tanto por la cabeza como por el corazón. Va a pasar por la mentalidad ganadora, por la capacidad de resolver problemas, de leer los momentos y de entender el partido. De más está decir que también pasará por el hambre de sumar un Grand Slam más a sus vitrinas, de conseguir nuevos récords. Y de vencer al otro. Los dos jugadores con más ganancias, con más dinero y con más pergaminos de la historia van a salir a matarse a palos por disputarse un pedacito más de honor y un pedacito más de gloria. Y es solo un pedacito porque no van a perder la que ya consiguieron.

Continuando con la cita a la oportuna canción de Andrés Calamaro, este continúa: “Si la casualidad nos vuelve a juntar diez años después, algo se va a incendiar, no voy a mostrar mi lado cortés”. Y es que a pesar de demostrarle al mundo del deporte que se puede ser amigo de tu mayor oponente, a pesar de admirarse mutuamente y de hacer planes juntos, la Arena Rod Laver se va a incendiar cuando estén los dos de cada lado de la red y pongan toda su voluntad en competir y en derrotar al otro. Para que recién después de que se termine el match point puedan volver a mostrar ese lado cortés que tanto los caracteriza y que los convierte en caballeros.

Foto: Sportal

A lo largo de la historia han tenido grandes enfrentamientos. Se potenciaron entre sí y se hicieron mejores el uno al otro. Federer no sería Federer sin Nadal. Y Nadal no sería Nadal sin Federer. Y así como esta sorpresa que nos regala el tenis pudo haber sido ocurrencia de un loco y delirante autor escribiendo el destino, hay algo que es una certeza segura, un hecho predecible y que no escapa de las posibilidades: gane quien gane, ese va a festejar y el otro no; pero quien pierda, perderá contra quien debe perder. Porque son la mayor y mejor rivalidad de toda la historia. Porque el tenis no era el mismo antes que ellos y no volverá a ser el mismo después que no estén. Y hablando de ese final… quizá sea la última vez que los veamos en una final de Grand Slam. Aprovechemos el momento, puede ser el último.

Para cerrar, simplemente gracias. Gracias destino. Gracias Federer. Gracias Nadal. Gracias Australia. Gracias Istomin. Gracias Zverev. Y hay que repetirlo: gracias Roger Federer y gracias Rafael Nadal.

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