El lunes es ese día de la semana que a nadie gusta. Ese día quisquilloso con el que siempre te reencuentras por más que quieras evitarlo. La cosa cambia cuando estás de vacaciones. La cosa cambia, aún más, cuando estás de vacaciones y te dispones a cumplir un sueño. El lunes 29 de junio era un día muy deseado. Arrancaba la edición de 2015 de Wimbledon el torneo por excelencia del mundo del tenis y, por primera vez, lo iba a vivir desde adentro.

Son muchas las razones por las que el torneo londinense es especial. Pero la principal es la esencia de tenis que se respira. Desde que sales del metro todo te recuerda a la hierba de Wimbledon. La segunda razón es lo tradicional del torneo. El vestuario de blanco impoluto que se exige a los jugadores o el descanso en el primer domingo de torneo. Pero hay una tradición que cualquier espectador que visite el torneo no olvidará jamás. Esa es “The Queue” la tradición con un mandamiento principal: esperarás pacientemente o impacientemente pero esperarás.

La cosa funciona así. Wimbledon pone todos los días una serie de entradas a la venta para las pistas principales así como para las pistas exteriores. Por lo tanto, la gente se acerca al torneo con el objetivo de conseguir un ticket para la hierba. Pero no se está ante una experiencia cualquiera. Como en cualquier otra sala de espera una vez llegas a The Queue buscas la recepción que, en este caso, es una bandera verde que te indica el final de la cola. Una vez ahí te dan tu número. 9310 fue el mío. No piensen que fui poco previsor o que no tenía ganas de madrugar. Llegué a las 8.30 de la mañana, tres horas antes del inicio de la competición. Aún así, 9309 personas habían llegado antes que yo.

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Ante semejante número uno ya presupone que la espera será larga. Algo que confirma una frase: “lunch time”. Una de los encargadas de la organización me confirma que no debería haber problemas para acceder a Wimbledon y que si todo está en orden entraré para la hora del almuerzo (momento en el que deseas que sea el almuerzo en Londres no en España).

Comienza pues la experiencia The Queue. Te tiras sobre el césped, conoces a tus compañeros de espera (Takeshi, un japonés seguidor de Nishikori, y cuatro jóvenes inglesas), escuchas música, lees el periódico, tomas el sol (un sol abrasador del que te acordarás al mirarte al espejo al final del día), y observas a la gente que viene preparada para este macro picnic (sombrillas, manteles, comida, tiendas de campaña…..). Después de dos horas avanzó por primera vez. Me situó en la sección K4. Es una pequeña falsa alarma, el movimiento es para acceder a la zona numerada de The Queue. Dos horas después (una vez has visto avanzar a todos los situados a tu derecha y a tu izquierda) por fin llega la hora de volver a caminar.

Cuatro horas después llegas a la entrada. Bueno, mejor dicho, a la que tú, pobre infeliz, crees la entrada. Estás dentro pero no estás dentro. Una vocecita delante de ti te devuelve a la realidad (“One Mile”, “Couple hours”). Toca recordar lo de esperarás pacientemente. Al menos ahora caminas, lentamente pero caminas. Además lo haces respirando Wimbledon (con pantallas donde ya ves los partidos que quieres ver en directo y donde también te encuentras con una adolescente Serena Williams).

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Pasito a pasito y minuto a minuto avanzas la milla verde. Al final llega el premio: entras en Wimbledon. En ese momento tu cabeza olvida las seis horas de espera. En realidad ese tiempo no es nada comparado a los 25 años, 3 meses y 3 días que te ha costado pisar el verde. Estás dentro y te das cuenta de que la locura que ha sido entrar no es nada comparado con la locura de estar dentro. Wimbledon es el mayor parque de atracciones tenístico que existe. Es una locura el ambiente y la cantidad de gente que te rodea.

Mi primera toma de contacto tenística llega con Leo Mayer que está a punto de cerrar su partido contra el joven Kokkinakis. Así se lo indica un espectador: “Ya lo tienes Leo”, en un intento de apoyo que se lleva la réplica del argentino “Eso no se dice nunca”. Si, Leo lo tenía, pero ya ves que en las pistas exteriores todo se vive muy de cerca. A la vez también se vive muy de lejos. En mis primeros momentos dentro, la cantidad de gente hace que apenas pueda ver por un resquicio las pistas. Me temo que esa pueda ser la norma.

Con mi temor a cuestas abordo una nueva tradición de Wimbledon que es subir a la colina. Antes escucho el escándalo en una de las pistas. La gente grita como si de ese partido saliera el ganador del torneo. La curiosidad me puede y me acercó para ver quién es el apoyado. Liam Broady es su nombre. Reconozco que nunca lo había oído. Esto es Wimbledon, la gente sabe de tenis no solo viene para apoyar a un tenista. Al final subo a la colina. Con un sándwich en la mano contempló en la gran pantalla el final del debut triunfal de Novak Djokovic.

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Vuelvo a caminar por el parque de atracciones en busca de la noria a la que subirme. Llego a otra de las secciones de pistas exteriores. Importante el plural ya que cuatro pistas de tenis con sus respectivos encuentros se alinean en paralelo. Por primera vez puedo tomar asiento y ver el tenis en primera fila. Es el más puro “a pie de pista” que existe. Puedes escuchar los jadeos de los jugadores, el sonido de la bola al golpear la cinta, el polvo que levanta cuando toca la línea. Mágico.

Sigo con la noria y llego a ver al “viejo Tommy (Haas)” que batalla contra el serbio Lajovic. Y lo hago sentado en un banco de madera. Sabor vetusto por todos lados. Y sabor a otro tipo de tenis. Aquí no hay lugar para mandar callar a la grada. Es absurdo. Cada partido es un microcosmos. Un insignificante planeta que forma parte de una galaxia mucho mayor. El silencio brilla por su ausencia. Los jugadores tienen que distinguir los sonidos de out de su pista de las pistas de al lado; tienen que convivir con el bullicio de la gente que camina o que grita en las pistas mayores. Y tienen que vivir sin el apreciado ojo de halcón. No lo hay. Aquí lo que canta el árbitro va a misa. Y el pobre “umpire” es el objeto de las iras de los jugadores. “¿Cómo que no es mala?, clama Tommy que también le recomienda el uso de gafas. What is wrong with you?, expresa un Lajovic que no profesa mucho más apreció al juez de silla.

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Al final gana Haas y yo me voy a por otro “viejo Tommy”, en este caso, Robredo. El español corre peor suerte. En los dos primeros juegos puedo percibir la diferencia de sonido en el golpeo de la bola de Tommy y la de su rival, Millman. Claramente superior la del australiano que poco a poco decanta el partido de su lado. Lo hace conviviendo con el estrepito que llega de la pista de al lado donde el “viejo Hewitt” está disputando sus últimos juegos en Wimbledon. Atronadora la ovación de despedida que recibió el ex número uno del mundo.

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Dejo a Robredo dos sets abajo, suponiendo que perderá (como al final sucede) y sigo por el parque de atracciones. Un parque lleno de multiculturalidad. Mi nueva atracción me da a conocer una nueva forma de criticar una decisión del juez de silla: “La concha de la lora” grita el uruguayo Pablo Cuevas que no parece muy conforme con la bola que le han cantado mala. Cuevas camina solido y le veo cerrar la segunda manga. Dos sets arriba le dejó, suponiendo que ganará (algo que al final no sucederá). En el momento en el que me levantó, sirva de muestra de lo que es Wimbledon, veo una raqueta volar por los aires y escucho un grito desgarrador. El francés De Scheeper y el dominicano Estrella Burgos acaban de cerrar sus partidos.

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Un par de pistas en paralelo me llama la presencia de Alexander Zverev. Ese joven de 18 años del que muchos hablan maravillas. Quiero valorarlo con mis propios ojos. El alemán juega contra el ruso Gabashvili. Desconozco que voy hacia mi última atracción y, también, que dará mucho juego. Mi primera impresión al ver a Zverev es muy clara: parece un adolescente recién salido del instituto (en realidad lo es). Alto, muy delgado, atlético, en los primeros golpes veo que tiene maneras. Con mucho sufrimiento cierra el tercer set y se pone 2 mangas a una. En la cuarta manga observó que, como a tantos otros jóvenes, aún le queda mucho camino que recorrer en el terreno físico. Se puede ver como el alemán empieza a sufrir calambres y en el sexto juego la acción se detiene. Zverev está apoyado contra la valla a punto de vomitar. Aprovechando la situación y al grito de ¡Vamos!, Gabashvili fuerza el set decisivo.

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El drama está servido. Pareciera que Zverev no va a aguantar. Pero se aferra a su saque. Los juegos se suceden sin breaks. Se masca el thriller. Crece la tensión. Y si hay tensión el árbitro es la figura idónea para desfogarse. Bola en mano y tras una corrección arbitral, Gabashvilli se dirige el “umpire” y le espeta: ¡Donde está la línea en la bola! En el siguiente punto el árbitro canta mala una bola (el público ríe, piensa que hay algo de miedo en ese canto). Es entonces cuando Zverev coge la pelota con la mano y dice: ¡Donde está la línea en la bola! En el drama de un microcosmos dentro del parque de atracciones del tenis también hay lugar para el teatro.

3-3, 3-4, 4-4, 4-5, 5-5, 5-6, 6-6…..avanza el drama y temo que la falta de luz me impida ver la resolución final. Zverev salva dos bolas de break. Gabashvilli salva dos match points. Zverev vuelve a sufrir calambres. Recibe la atención del fisio. Ni siquiera pude sentarse en los descansos. Pero, al final, a la tercera pelota de partido, lo cierra. Logra su primera victoria en un Grand Slam.

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Pienso que se acabaron las atracciones. Al girarme descubro que aún me queda un poquito. A mi espalda el polaco Janowicz, semifinalista hace dos años, se despide sin pena ni gloria a las primeras de cambios. Ahora sí se acabó la acción. Es el momento de pasear por un Wimbledon que se va vaciando y ver como preparan las pistas para la jornada del día siguiente. Es la calma después de la tempestad. Antes de marcharme cumplo la última tradición, tomar las míticas fresas con natas. Después digo adiós. Perdón, no digo adiós, digo hasta luego. Sólo es el comienzo de una nueva cuenta atrás.